Nos situamos en el año 1984. Sofia Montaner, del pueblo pirenaico de Ossera (Lleida), se equipa a sus 73 años con una bolsa para guardar las plantas medicinales, latas para almacenar los aceites, una balanza romana y un podón para cortar. Va a emprender un viaje, el último viaje documentado de una trementinaire.

Este oficio nació en el siglo XIX en los valles catalanes de La Vansa y Tuixent y estaba protagonizado casi en exclusiva por mujeres que, según la expresión que se utilizaba entonces, “iban por el mundo”. Normalmente emprendían dos viajes al año para recolectar hierbas con propiedades curativas y preparar remedios que podían llegar a cargar en un saco durante meses de marcha para ofrecerlo en masías y pueblos que ya las esperaban con los brazos abiertos. Habitualmente las trementinaires viajaban de dos en dos: la mujer mayor enseñaba las artes del oficio a la más joven. Se movían por las comarcas del Pirineo, pero también se acercaban a las zonas costeñas y cercanas a Barcelona, así como al sur de Francia y a Aragón.

¿Qué las impulsó a emprender esas hazañas y a someterse a las inclemencias del tiempo? Era la necesidad. Los cambios socioeconómicos del siglo XIX estaban provocando el éxodo del campo a la ciudad y el final de la economía de autoconsumo tradicional de las zonas de montaña, lo que implicaba que las economías domésticas, poco acostumbradas a las transacciones monetarias, tuvieran que adaptarse a los nuevos tiempos. Aprovechar la sabiduría en relación a las plantas medicinales que las trementinaires se transmitían de madres a hijas significaba una entrada de dinero imprescindible para las familias más humildes.

El aceite de trementina era el remedio natural que daba nombre al oficio. Las trementinaires lo obtenían extrayendo la resina del pino rojo silvestre. Se usaba a modo de parche para aliviar el dolor o los síntomas de las picaduras. Pero no era el único ungüento que elaboraban: también eran expertas en el te de roca, para calmar los problemas estomacales; el aceite de enebro, que alivia hemorroides y protege frente a infecciones, o el aceite de abeto, diurético, entre muchos otros. Su botiquín era muy variado: jarabes, infusiones, pomadas y aceites obtenidos de hierbas, cortezas, setas, raíces…

Desde Dimefar nos gustaría homenajear a estas mujeres no solo por su enorme valentía, sino también por todo el conocimiento que transmitieron a las generaciones futuras sobre el poder curativo de la naturaleza.

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